
Pasan llamaradas, hélices de plumas que mueven el amarillo de los campos de trigo. Hasta que dejo de estar en el sur y me acuerdo de aquellas primeras olas, coquetas, tímidamente acariciando la arena. Ahora el agua retrocede abriendo un paréntesis. Una niña se aleja de los otros niños, dividida entre seguir dándole mordiscos al bocadillo o seguir recorriendo la espiral del tiempo impresa en una caracola mientras el sol empieza a caer. El grito de la madre le deposita de nuevo en el mundo -recordatorio de que éste es una lucha entre opuestos- (por ejemplo, consigo misma y/o con los demás). Pero... ¿acaso no estaba más cerca del mundo?
¿Qué conocimiento tiene más peso a la hora de aprehender la realidad? ¿El conocimiento que se obtiene de la introspección o el de la razón ligada a una relación dialógica? En un intervalo de soledad, la razón embebida de emociones caería ante ellas e inclinaría la balanza del lado de la introspección. Por otro parte, el armazón que sostiene esas emociones, el receptáculo que permite distinguir un color de otro, una forma de otra, no sería posible sin los conceptos, que a su vez pertenecen a una cultura; la soledad, pues, más que propiciar el conocimiento es un límite para aprender a aprehender. Por lo tanto, en este punto la balanza se inclinaría del lado de la razón dialógica.
Sin embargo, la introspección se adueña de la literatura de comienzos del siglo XX. Autores como Joyce o Virginia Woolf reivindicaron su particular ángulo desde el cual observaban la realidad. En ellos primaba dejar salir las emociones comunicando sin ninguna intención de comunicar de manera ortodoxa (la sintaxis endiablada del autor del “Ulises”). La época que a estos escritores les tocó vivir, la pregunta por cómo es el mundo de hecho se había desplazado a cómo percibo el mundo. Para las Vanguardias, así como para el Romanticismo, la Ilustración era cosa de bagatelas; la fuerza de la razón se había debilitado frente al poder del yo. Ya en el Impresionismo los artistas buscaban romper el isomorfismo entre lenguaje y realidad; los pintores impresionistas comienzan a dejar abiertas sus recámaras y muestren el proceso de creación (algo impensable en el neoclasicismo); el pintor impresionista busca expresarse mediante un lenguaje nuevo basado en un naturalismo extremo y sus pinceles no vuelven sobre sí mismos para corregir las primeras pinceladas torpes e inseguras, sino que plasman su propio universo y aciertan con su visión de la realidad. Crear es una forma de acertar.
Ahora el sol comienza a adentrarse en el mar. De los problemas metafísicos derivados de jugar una tarde en la playa: ¿dónde se situará la niña? ¿Al lado del Realismo (existen cosas independientes de la conciencia) o del Idealismo (no existen cosas reales, independientes de la conciencia)? Sus ojos se han quedado fijos mirando el horizonte. Recuerdo que los míos tropezaban siempre con la pared que imaginaba al final y que servía de contención de aquello que me desbordaba. Entonces ya me habían explicado que el mundo era redondo, pero yo lo seguía percibiendo plano. Las percepciones frente a las razones: el choque y el hiato por dónde pasea el pensamiento. El tiempo en los niños permite concesiones a las impresiones y a las ideas sin adscribirse a un lado u otro de la balanza, como un fenomenólogo trascendental lo haría.
Hume, que no es sospechoso de instalarse en una filosofía solipsista, no cuestiona la existencia del mundo y de otras mentes. Ésas tareas metafísicas donde las mejores cabezas se han encerrado durante años. Para el filósofo escocés, la felicidad y la libertad es lo más preciado del ser humano; en cambio, para Descartes, lo es hallar una verdad fundamental, que sostenga su teoría del conocimiento. Descartes y el psicologismo desplegado en sus indagaciones rehuyen la luz del día; niegan el color a cambio de distinguir lo falso de lo verdadero. Hume, que prefería la buena mesa y las tertulias a la chimenea, rechaza su teoría de la mente con la distinción de las impresiones y las ideas como diferentes grados de fuerza y vivacidad. Con todo y con ello, mi admirado Hume no es capaz de zafarse de una concepción de la mente que mantenga la perspectiva realista de la teoría del conocimiento. La mente no es una suerte de sistema paralelo al mundo físico.
¿Entonces qué es? Virginia Woolf no parece muy interesada en responder. Para ella están las emociones que lo impregnan todo y que nos ayudan a entendernos a nosotros mismos. Y una de las lecciones que pudiera extraerse de su lectura es la siguiente: quizá no seamos capaces de desenredarnos de los problemas metafísico y quizá nunca tengamos el intelecto de un científico para menospreciarlos, pero nos tenemos a nosotros mismos, como cantaba Nina Simone en Ain’t got no...I got life. La niña sabe que los límites de su lenguaje son los límites de su mundo, tal y como dijera Wittgenstein. No vale la pena dirigirse a meditaciones abstrusas pudiendo erigir un castillo de arena. De repente, su mirada se dirige a mí y caigo en la cuenta de que comienzo a hacer hermenéutica con el mismo optimismo que lo haría Dilthey.
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